masala és barreja d'espècies

Esteban Yanischevsky: «Sobrevivir no es delito»

 

Esteban Yanischevsky, con una cicatriz que le cruza la rodilla, señal inequívoca de una operación reciente, se siente intimidado y alegre a partes iguales: ser el siguiente superhéroe de Masala le provoca respeto y entusiasmo, gran parte de sus colegas han protagonizado la sección.

Los primeros minutos trascurren intercambiando noticias sobre familiares y amistades, mientras radiografiamos a pequeña escala la situación política de Marruecos, Senegal, Francia… donde residen.

Las paredes de la habitación rinden homenaje a Cortázar, al Che Guevara, a Botero, a las comunidades indígenas de Latinoamérica, a las madres africanas, a las danzas folklóricas de las tierras del Bósforo… un pequeño mural en tributo al flujo de culturas y movimientos sociales que modelan a Esteban, revolucionario desde la cuna.

Desde temprana edad, a los trece años empezó a militar en el Partido Comunista de Argentina. Hijo de una pareja autodidacta (la madre licenciada en medicina a la edad de cuarenta años y el padre poeta), los dos vivieron una larga trayectoria en el partido, razón que provocó que Esteban pronto adquiriera un compromiso incuestionable con la lucha por los derechos de las clases trabajadoras. A los dieciocho años pasó a formar parte del grupo trotskista de su ciudad, más próximo a «una lucha concreta sin el peso del estalinismo. Pasé a vivir y a trabajar en las fábricas de barrios obreros donde se realizaba una labor crítica interesante sobre los cimientos de la izquierda argentina. Una cuestión que ampliaba las visiones impuestas por la Unión Soviética y la China de Mao. Una revolución dentro de la revolución, en una época en la que campaban las dictaduras militares. Pocos años después, entré en la universidad y me acerqué a las posiciones del PRT [Partido Revolucionario de los Trabajadores] y el ERP [Ejército Revolucionario del Pueblo]. Estudié filosofía, además de historia, para dotarme de un bagaje teórico más amplio y comprender de una forma cercana las ideas del marxismo y del anarquismo. Como delegado sindical, no estuve de acuerdo con volcar la militancia hacia la lucha armada y menos en aquellas condiciones de escasa preparación. La lucha debía darse dentro de las fábricas. Tras el golpe de Estado, decidí mudarme a las provincias de Buenos Aires. Fue un momento duro; tras la desaparición forzosa de los partidos, los movimientos sociales y la pérdida de contacto entre sus miembros. Se sucedieron años de solidaridad, de clandestinidad, de acoger a compañeras y compañeros en casa que huían de los milicos, de la represión. Entonces llegó la terrible payasada de las Malvinas, con la intención de desviar la atención puesta en las incipientes movilizaciones obreras y la lucha de las organizaciones de DDHH como la de las Madres de Plaza de Mayo, y generar un apoyo de la población a la dictadura. De pronto, las islas adquirían gran importancia, mientras por otro lado aumentaba la ocupación económica de Argentina por parte de distintas multinacionales».

Aunque durante los tiempos oscuros de la represión militar intentó venir a Barcelona, no fue hasta 1990 que llegó a su nueva ciudad. Desde los primeros días, se integró en diferentes plataformas y grupos ligados a las luchas sociales que batallan por transformar el trato indigno e injusto que recibe gran parte de la población migrante por parte de la Administración y sus leyes desiguales. Ya por el 2000, después de un lapso de tres años de retorno a Argentina, se involucra en distintos movimientos sociales, así como en corrientes contestatarias que plantean otros modelos de convivencia y participación ciudadana: «Iaioflautas y otros movimientos vienen a resituar una nueva acción social, provocando una mayor implicación por parte de personas que habían estado quizá no tan activas en los últimos años. Iaioflautas comienza con fuerza y consolida acciones que reciben gran repercusión y plantean nuevos dilemas, además de servir de ejemplo positivo a otros colectivos que ven en nuestra organización un impulso en la lucha por una democracia digna.

Paralelamente, fundamos Tras la manta, organización de activistas vecinales que colabora con la resistencia de los manteros contra el racismo institucional, contra la represión y la arbitrariedad policial. Dota de una argumentación teórica a la situación de los manteros, se reivindica un mensaje de justicia, una crítica al sistema que impide la distribución de las riquezas, se aporta una mirada social hacia el sector. En estos momentos, aunque recibimos el apoyo tanto de organizaciones como de formaciones políticas, la necesidad de seguir protegiendo y lograr un mayor reconocimiento hacia los manteros, un mayor respeto como seres humanos, continúa, ya que son personas que tratan de sobrevivir con sus propios medios en esta ciudad. Además, en estos momentos —desde abril de este año—, estamos inmersos en la tancada de la Massana, una lucha que cabe destacar, ya que de nuevo la ley de Extranjería deja a los migrantes en una situación de ilegalidad, personas que sufren el racismo institucional, igual que los manteros, y que ven vulnerados los derechos básicos de cualquier ciudadano».