masala és barreja d'espècies

Los tranvías nunca fueron bien vistos en Barcelona

 

Hay personajes que mejor olvidar, a no ser que queramos fustigarnos o sonreír. Mariano Foronda (1873-1961) heredó de su padre el título de marqués. Mariano era gran aficionado a los tranvías, y pronto se convirtió en director de la Compañía de tranvías de Madrid para, más tarde, en 1902, pasar a serlo de la de Barcelona. Manejaba los tranvías y a los tranviarios como un niño a sus juguetes y muñecos. Esta afición le resultó muy satisfactoria por las rentas que le proporcionaba.

El marqués practicaba un paternalismo selectivo con quienes lo veneraban y un rigor extremo con los protestones y rebeldes; intentó silenciar a la prensa regalando a la Cooperativa de Periodistas un chalé que tenía en Horta.

En 1872, se solicitó la instalación de raíles en el Raval para la circulación de tranvías tirados por caballerías; los vecinos se opusieron, no querían más excrementos, más tráfico ni más accidentes. A pesar de ello, en mayo de 1875, se inauguró el tramo de raíles de la Boquería a Sants. Desde las Ramblas penetraban por la calle Hospital, cruzaban la plaza del Padró, San Antonio y, por el incipiente Ensanche, se dirigían hasta Hostafranchs; el regreso se efectuaba por Riera Alta, calle del Carmen y las Ramblas. Pronto llegaron los accidentes; como en agosto de 1884: «Un joven atropellado en la calle Riera Alta por el coche n.º 11 de la tranvía de Sans [sic] que le ocasionó varias contusiones en el brazo derecho y heridas en el pie izquierdo».

Año y medio después, los vecinos del Raval instaban a las autoridades a tomar medidas: «Ayer, el coche número 13 del tranvía de Sans, al salir de la calle Riera Alta para entrar en la del Carmen, descarriló con tan mala suerte que rompió dos cristales de la tienda número 71, en la que hay un estanco. También rompió la puerta con un golpe de lanza y atropello a una señora, que recibió una fuerte contusión».

Los conductores, cocheros y cobradores percibían sueldos muy bajos y, a cambio, se les exigía destreza, paciencia, amabilidad y disponibilidad. Por ejemplo, a los maquinistas de los tranvías de vapor se les sancionaba si habían consumido más carbón del calculado por la compañía como necesario. Estas compañías eran privadas y, tras un período de luchas financieras, se fusionaron en la poderosa empresa de capital belga Les Tramways de Barcelone, dirigida por Mariano de Foronda.

En el Raval, se crearon dos grandes asociaciones contra el paso de los tranvías: una en el entorno de las calles Riera Alta y del Carmen, y otra en Hospital y San Antonio Abad. Los vecinos, que habían impugnado mil veces su cruce por el barrio, no querían oír hablar de cables eléctricos descubiertos junto a sus balcones. Al menos las caballerías, con sus campanillas, avisaban de la proximidad de «una tranvía». Acusaban a las Compañías de preocuparse solo de su negocio.

«Calientes se hallan aún, Excmo. Sr., los cuerpos de las víctimas que en la semana anterior, o sea en la transcurrida desde el día 20 al 26 del corriente, han hecho los tranvías de esta ciudad. Semana nefasta que podemos muy bien llamar de “tranvías degollina”…» (29 de julio de 1902).

A principios del siglo xx se fundó la Sociedad de Locomoción Electro-Animal de Barcelona, que se adhirió de inmediato a la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT). Cuando en 1918 se creó el Sindicato Único del Transporte, adscrito a la CNT, los tranviarios se sintieron fuertes, como lo atestigua la huelga del año siguiente. Casi todos los Primeros de Mayo, eran vitoreados con el destrozo de tranvías y, a partir de la Semana Trágica, en 1909, los tranvías, volcados, se convirtieron en contundentes barricadas.

Con el estallido de la huelga de la Canadiense —la más importante compañía eléctrica—, que duró 45 días y paralizó Barcelona, Foronda —que no podía ver la ciudad sin sus tranvías— se subió a uno de ellos y empuñó los mandos para dar ejemplo de su valentía, elevando el trabajo a la categoría de obra de titanes, aunque debió apearse frente a la actitud de los piquetes.

¿De qué manera, en el imaginario popular barcelonés, los tranvías encarnaban el poder, la imposición y el despotismo? La rotura de cristales o la quema de algún vagón eran actos simbólicos en los cuales lo que se destrozaba era a Foronda, al siniestro Martínez Anido —bestia parda para el sindicalismo revolucionario— o al orden de la pobreza y la precariedad. Diríase que se trataba de un ritual de vudú en el cual se procedía a la supresión del fetiche de las Compañías.

El 19 de noviembre de 1913, por ejemplo, tras el atropello de un niño, una multitud enfurecida intentó incendiar la estación de Catalunya del tren de Sarrià; la policía cargó, resultando herido por una piedra el entonces inspector de policía y, más tarde fundador de la Legión española y general franquista, José Millán Astray.

Algunas veces, la lucha antitranviaria estuvo ligada a las convulsiones generales de la Barcelona de la época —como la Semana Trágica de 1909 y la huelga general de 1919— y otras fue una respuesta inmediata a la práctica caciquil de Foronda, que contrataba a esquiroles para que sus vagones no dejaran de funcionar jamás.

En noviembre de 1920, Mariano Foronda pidió al presidente del gobierno Eduardo Dato que nombrara gobernador civil de Barcelona a Severiano Martínez Anido. El marqués y Martínez Anido habían coincidido en la tan salvaje como inútil lucha contra los independentistas tagalos, que deseaban sacarse de encima el yugo del gobierno español y conseguir la emancipación de Filipinas. Ambos cultivaban su amistad colmándose recíprocamente de favores. Ese mismo día, Anido fue nombrado gobernador y una de sus primeras medidas fue aplicar la ley de Fugas: muchos presos fueron puestos en libertad y, a los pocos metros, ejecutados por la espalda «por haber intentado darse a la fuga». Fue tal la brutalidad represiva de Anido sobre el obrerismo barcelonés que el mismo gobierno tuvo que destituirlo a los dos años de su nombramiento. En cuanto a Dato, cómplice mayor de los desmanes, fue acribillado a balazos en Madrid por tres anarquistas catalanes que iban a bordo de una moto con sidecar: Pere Mateu, Lluís Nicolau y Ramon Casanellas.

Instaurada la Segunda República en 1931, Foronda dimitió como director de los tranvías y, aunque fue procesado por un sinfín de fraudes y corrupciones, el marqués fue absuelto.